En nuestro medio de comunicación estamos acostumbrados a contar historias de terror que suceden en ascensores. Normalmente sabemos y explicamos quienes son los culpables de todas las pesadillas que ocurren en los elevadores españoles. Pero hoy les vamos a hablar de un misterio sin resolver en un hotel maldito de la ciudad de los Ángeles, en Estados Unidos.

El Hotel Cecil es conocido por ser el lugar más embrujado de la ciudad californiana. Tiene en su haber un interminable historial de suicidios, desapariciones, asesinatos y casos paranormales. Un establecimiento en el que cualquier persona con apego a su vida evitaría pernoctar.

La protagonista de nuestra historia es una joven canadiense de origen Hongkonés: Elisa Lam. En enero de 2013, decidió darse un descanso en sus estudios universitarios y hacer un viaje sola por los Estados Unidos. Su sueño era conocer la Costa Oeste y especialmente Los Ángeles. Al llegar a la ciudad de las estrellas, decidió alojarse unos días en el infame hotel Cecil. Iba a quedarse 6 noches ahí. Empezó compartiendo habitación con otras viajeras, pero el hotel recibió quejas por el extraño comportamiento de la joven y decidieron proporcionarle una habitación para ella sola.

Lam era una chica con problemas mentales. Estaba diagnosticada de trastorno bipolar y depresión y cada día tenía que tomar un explosivo cóctel de medicinas. A pesar de esto, era una muchacha responsable, cada día llamaba a sus padres para informarles de su estado y sus planes, hasta que un día dejó de hacerlo. Los padres, al no tener noticias de su hija contactaron con la policía, que en seguida abrió una investigación y empezó a buscarla por toda la ciudad. Literalmente había desaparecido sin dejar rastro. 

El mismo personal del hotel revisó las cintas de las cámaras de seguridad y descubrió algo realmente perturbador.

Si se fijan en el video podemos observar como la chica interactúa con algo o alguien. Parece que la están persiguiendo. Está aterrorizada.

Sin embargo lo más perturbador del video es que Elisa aprieta los botones del ascensor de forma frenética constantemente sin que las puertas se cierren, ni el ascensor se mueva.

Sólo se cierran las puertas una vez ella sale del camarín. 

Pocos días después de la desaparición de la joven, los huéspedes del hotel empezaron a quejarse de que el agua del hotel parecía tener problemas de presión, sabía a podrido y salía turbia.

Al revisar el depósito, situado en la azotea del edificio, encontraron el cadáver de Elisa desnudo, en avanzado estado de descomposición y flotando en el agua.  La autopsia reveló que el cadáver no había sufrido ningún daño o traumatismo y que tampoco había ingerido ninguna sustancia psicotrópica o venenosa. Tampoco había muestras de ser un suicidio. Todo apuntaba a que fue una muerte accidental, por ahogamiento, aunque no se descartó un posible homicidio.

El hallazgo del cadáver sembró más dudas de las que despejó. En la azotea no había cámaras de seguridad, pero su acceso estaba restringido y había una alarma que alguien, en caso de haber asesinado a Elisa, debería haber evitado o apagado, además de tener que subir hasta el tanque usando una escalera de más de tres metros con el cadáver a cuestas. No parecía una opción muy plausible.

Tampoco es probable que Elisa se hubiera arrojado al interior del depósito por propia voluntad, ya que la tapa del tanque era demasiado pesada para una chica de complexión delgada. Hay que tener en cuenta que los bomberos tuvieron que hacer un orificio para extraer el cadáver.

¿Cómo acabó Elisa en el depósito? ¿Murió ahogada o la transportaron hasta ahí?

Según se dice en algunos foros en la red, lo que hacía Elisa pulsando botones a lo loco en el ascensor, era realizar un ritual asiático para pasar a otra dimensión.

Otra teoría más realista dice que la joven sufrió un brote psicótico, se obsesionó con que alguien la seguía y huyendo de su terror imaginario acabó en el depósito donde se ahogó. Pero es bastante difícil porque todas las puertas de acceso a la azotea estaban cerradas con llave, había una alarma que hubiera saltado si alguien hubiera conseguido acceder a la azotea y además el depósito tiene una altura de 2,4 metros, apuntalado sobre bloques de hormigón a los que no hay acceso fijo. Los trabajadores del hotel tuvieron que acceder a ellos mediante unas escalera móviles.

Todo un misterio sin resolver, como tantos otros que suceden en los ascensores. Al menos en este caso los actores involucrados cooperaron en intentar resolver el asunto. Algo que en España no pasa. Aquí callan todos. ¿Sabremos algún día lo que pasó en el ascensor del edificio Atlanta 1 de Benicassim mantenido por OTIS?

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