Por Fernando Calderón, Director de S-Público

Hay historias de personas emprendedoras que sin duda son preocupantes.

Esta que procedo a narrarles a continuación es una de tantas:

Como el protagonista desea mantener el anonimato, le llamaremos EL PAGANO ANONIMO. Es una persona común y corriente, como cualquiera que te cruzas por la calle, como tú o como yo.

“No voy a entrar en política, pero me he pasado la vida siguiendo las normativas (en general) a rajatabla y, al final, resulta que sirve de bien poco. Hace unos años monté un negocio (pongamos, por ejemplo, que un restaurante). Ya os imagináis lo que eso supone: proyecto básico, proyecto de ejecución, proyecto acústico… vamos, un sinfín de proyectos por cumplir, requisitos y más requisitos, todo debidamente presentado en el ayuntamiento correspondiente, con toda la documentación habida y por haber.

Abrimos en 2005 y cerramos a finales de 2008, pero…¡Aún estoy esperando la licencia de apertura! De modo que, técnicamente, fuimos “ilegales” durante 3 años.

Me gasté un dineral, tuve mil dolores de cabeza y otros tantos viajes entre departamentos varios y, por lo visto, ningún técnico ha tenido 10 minutos para venir a hacer la inspección. Siguiendo la normativa, hoy todavía seguiría esperando el “permiso para abrir”.

Y sin ánimo de aburrir, pero no me resisto a contar una anécdota significativa de cómo funcionan las cosas: La recogida de basuras para restauración tiene que colocarse en cada contenedor en función del residuo, algo que cumplíamos a rajatabla como buenos ciudadanos (es decir: la orgánica se saca día si día no, sin importar la temperatura que pueda alcanzar una cocina en pleno agosto, algo que, por cierto, va contra las normas de higiene y el protocolo de seguridad y limpieza, pero bueno).

Un día, se presenta un policía en mi puerta, preguntándome si nosotros habíamos dejado en el contenedor de la calle un montón de cajas de pescado que estaban apestando

– Pues claro que no – respondí, -¡nosotros cumplimos la normativa, señor agente! Es más, en las cajas, pone el nombre del local al que pertenecen.-

– Es que ha llamado algún vecino quejándose, si eres tan amable, salimos fuera, no sea que esté en alguna ventana, rellenamos el acta, y luego la rompemos, simplemente para que vean que hemos venido y os hemos llamado la atención.

– Ya, pero es que le digo que no solo las cajas no son nuestras, si no que es que ¡pone de quién son!

Al final, se montó el teatrillo, el agente rellenó el acta, la rompió en mi barra, se tomó un café, ¡y se fue! ¡NO FUE A LLAMAR LA ATENCIÓN AL LOCAL QUE NO CUMPLÍA LA NORMATIVA!

Así que, lo siento, no creo en la Administración.”

Además de autoesclavizarnos ante los funcionarios nos convertimos en chivatos envidiosos, con un único afán hacer daño al vecino o competidor, para mayor gloria de los funcionarios.

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